Roma, Martes Santo, 20 Abril 1943

 

Queridas hijas, consideremos hoy a nuestro Buen Jesús en los tribunales y lo que sufrió en las cuatro primeras estaciones.

La primera estación desde el huerto a la casa de Anás. En esta primera estación los tormentos de Jesús fueron: llevarle de prisa, corriendo, tirándole de la soga que le habían puesto al cuello, dándole empeñones, injuriándole a grandes voces como a malhechor y revolvedor del pueblo.

En la casa de Anás el odio de los fariseos y escribas en escarnecerle, la soberbia en examinarlo acerca de sus discípulos y doctrina; la prudente defensa que Jesús hizo de su enseñanza, diciendo que no era oculta sino pública en el Templo en las Sinagogas y delante de ellos mismos. La bofetada de Malco fue injusta, porque interpretó maliciosamente las palabras de Jesús al Pontífice, cruel porque la dio Malco encendido en ira, afrentosa porque fue delante de mucha gente, baja y vil, porque tenía por objeto adular al Pontífice.

La respuesta de Jesús fue despreciada, porque no se la dio atención, mansa para enseñarnos la mansedumbre con nuestros enemigos y digna para darnos ejemplo en conciliar nuestra dignidad con el respeto a la Autoridad en nuestra defensa.

Segunda estación: Jesús en casa de Caifás, S. Pedro niega a Jesús. Veamos hijas mías las causas de estas negaciones, que a mi juicio no fueron otras que un castigo por la presunción que había mostrado durante la cena, por la negligencia en poner los medios para no caer, por la curiosidad, pues no entró en el atrio para morir con Jesús sino para ver en qué quedaba aquello, por su temeridad en ponerse en peligro y perseverar en él, después de advertido, por el miedo a la muerte, por el respeto humano y fue con insistencia, con juramento, con maldiciones y ante una mujerzuela. S. Pedro hijas mías fue derribado por una mujercilla como fue derribado Adán por otra mujer en el Paraíso.

La penitencia de S. Pedro fue hijas mías, producida por la mirada de Jesús que sacó al Apóstol de las garras del lobo infernal; la mirada de Jesús fue eficaz, pues hizo salir inmediatamente a Pedro de aquel lugar, amarga y de gran compunción, pues hizo que el Apóstol llorase su pecado.

Acusaciones que hacen a Jesús: En las acusaciones falsas el reo es Dios Todopoderoso, con las manos atadas, la inocencia misma, como que no hallan de qué acusarle, la mansedumbre porque no se defiende, el Dios amoroso que los llama a conocimiento porque a Caifás que le preguntó si era Hijo de Dios Bendito, le respondió que sí y que vendría a juzgar al mundo, lo cual hizo Jesús para hacerlos entrar en temor y retraerlos de su pecado.

Los falsos testigos fueron: jueces sacados de aquella misma asamblea, contra el orden del juicio, corridos vergonzosamente como calumniadores por no venir conformes sus razones y Caifás que se convierte de juez en acusador y los circunstantes en jueces al preguntarles el Pontífice: «¿Qué os parece?» exclaman ellos: «Reo es de muerte».

Los padecimientos que Jesús sufrió en casa de Caifás durante la noche, después de la sentencia fueron hijas mías, el de las salivas: llenándole el Rostro de inmunda saliva los jueces y verdugos; vendarle los ojos con un trapo sucio para que no se viese el aspecto del Divino Rostro, pues cohibía a los verdugos; herirle con las manos y con los pies, dándole golpes en todo el cuerpo; arrancarle los cabellos con crueldad excesiva; injurias de palabras: llamándole samaritano, bebedor y endemoniado; burlas: diciéndole: «¿Profeta quién te hiere?»; renovación de verdugos durante la noche: para no dejar de atormentarle y que no pudiese dormir.

Tercera estación: Jesús en el camino de Casa de Caifás a la de Pilatos sufrió horrores, por lo mal que se hallaba y del modo como lo llevaban. Jesús sufre viendo el afán de los escribas y fariseos, de que viniese presto el día, para matar al Redentor del mundo; el que el brazo sacerdotal cediese la causa al brazo secular, la infernal gritería de soldados y pueblo al conducir a Jesús por las calles de Jerusalén, acudiendo mucha gente a verlo, el mal concepto que formó Pilatos de Jesús, el venir acusado por gente principal como un malhechor, las acusaciones de ellos: de que Jesús se proclamaba Hijo de Dios y de que iba contra el César, al cual negaba el tributo y que se proclamaba Rey alborotando a las turbas; la desesperación y suicidio de Judas ahorcándose por comprender su infinito crimen y querer desconocer la Misericordia y Amor de Dios, la obstinación de los Sacerdotes en su maldad, después de oír al pobre Judas, proclamar la inocencia y Divinidad de Jesús.

Los motivos que movieron a Jesús, a guardar silencio ante Pilatos fueron: hijas mías: la dignidad de su persona y así habló sólo cuando se trataba de su Reino y Divinidad para enseñarnos, y en lo demás tuvo por indigno de El el hablar para enseñarnos a no dar vanas disculpas, callando El que podía alegar justísimas razones. La admiración de Pilatos fue grande, al ver el silencio de Jesús, tratándose de un asunto tan importante como la vida o la muerte del que le presentaban como reo y por el contraste de este silencio, con los gritos tumultuosos de los Príncipes de los Sacerdotes y por la dignidad y mansedumbre de Jesús.

Cuarta estación: Jesús es llevado a casa de Pilatos y a casa de Herodes: Aquí los padecimientos fueron: avanzando el día era mayor la concurrencia por las calles y mayor la rabia de los judíos de que se dilataba la sentencia y mayores las injurias, blasfemias, voces y gritería de soldados, sayones y populacho.

El silencio de Jesús ante Herodes a quien ni miró, fue un castigo por la excomunión que realmente pesaba sobre el tirano, por haber matado al Bautista, por el escándalo que daba al pueblo con el amancebamiento que tenía con Herodías la mujer de su hermano, por la vana curiosidad que tenía de ver a Jesús hacer algún milagro, para recrearse en El y divertirse, por la soberbia en su ciencia y riquezas, pensando cómo aturdiría a Jesús, cuando le oyese hablar y le mostrase las riquezas de su Palacio.

Herodes despreció a Jesús por soberbia, creyéndose él discreto y teniendo a Jesús por loco o idiota y por odio a los de Jerusalén, pues despreciando a Jesús, creía despreciar a ellos, en el hecho de haberle presentado a juicio como hombre temible, a quien él creía Rey demente. Herodes remite a Pilatos a Jesús, después de mandar vestirle con una vestidura blanca y una caña por cetro, en señal de Rey loco y de burla, repitiéndose en el Pretorio las afrentas, burlas e injurias.

Los tribunales injustos que persiguen a Jesús, representan hijas mías, la iniquidad persiguiendo la inocencia, o sea el Justo perseguido por el injusto, por fines altísimos, providenciales.

Las virtudes cardinales: prudencia, fortaleza, justicia y templanza son hijas mías, las que representan la Pasión de Nuestro Redentor.

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ultimo aggionamento 05 maggio, 2005